El día 10 de Marzo tuve el placer de asistir con Milosz Labinski al concierto que protagonizó James Rhodes en Santiago de Compostela. Teniendo en cuenta su experiencia pianística le pedí que escribiese una crítica, texto que copio a continuación y que os facilito también para descargar en Francés (próximamente en Inglés): archivo de la crítica en Español y archivo de la crítica en Francés. Si queréis escuchar una interpretación de Milosz cliquead en el siguiente enlace: Sonata D.644 de Schubert en la biblioteca de Pontevedra

Cartel publicitario y libro de James Rhodes

Por fin he podido asistir a un concierto de James Rhodes. Santiago, 10 de marzo, una sala llena a rebosar, un ambiente particular para un recital de piano. La espera recuerda ligeramente a las apariciones de Steve Jobs presentando un nuevo iPhone. De hecho, la decoración es similar, con un gran “James Rhodes” proyectado sobre el fondo, pero con un gran Yamaha esperándole. Toda la gente cool y a la última debía estar allí, y allí estaba. Los intelectuales de toda Galicia han llenado la sala hasta los topes. El programa se presenta sorprendentemente corto (Fantasía en fa menor y Polonesa-fantasía de Chopin, Sonata op.110 de Beethoven y dos o tres piezas breves).

Por fin, James aparece bajo los aplausos. Tiene al público ganado de antemano, muchos de nosotros hemos leído su turbadora biografía. Sudadera de Chopin, algunas bromas, “perdón por el Brexit”, el obligatorio “Fuck Trump”, y James empieza a tocar. Empieza por el preludio de Bach. De una manera muy particular, muy sensible, casi “impresionista” para este tipo de música. Habla a continuación de su nuevo libro, donde podemos aprender este preludio según su método, y que por supuesto va a firmar después del concierto. Sigue la polonesa – fantasía de Chopin (no ha tocado la fantasía en fa menor). Muy colorida, muy delicada, muy femenina (no confundir con Lisitsa o Argerich). Tengo la impresión de que le falta seguridad, apoyo en la mano derecha, entusiasmo, hay algunas notas en falso, pero la atmósfera está ahí, y la sonoridad de la Yamaha es formidable, una de las mejores que he oído jamás.

A continuación, James se decide a tocar la famosa Chaconne de Bach-Busoni. La interpretación es bastante catastrófica, parece casi un desciframiento desesperado… en pocas palabras, cero claridad y un máximo de pedal y de forte para cubrir los daños (a lo Arthur Rubinstein joven). Durante la exposición saca un tema secundario que cubre completamente la melodía principal. Llegamos a la sonata de Beethoven, esta vez con partitura. Como es técnicamente fácil, todo va mucho mejor, a pesar de pequeños pasajes fallidos. Sonoridad delicada y etérea que conviene mucho más aquí. Las dos fugas han sonado muy bien, con una “buena arquitectura” de las voces. Y por último el bis: pequeña obra de Glück y se obra el milagro. Maravillosa pieza, magníficamente interpretada, como si se correspondiese perfectamente con su sensibilidad. Aquí, todo es perfecto: atmósfera de extrema intimidad, sin el más mínimo fallo, una pequeña joya de delicadeza bañada por sus manos. Ovación cerrada y otro bis: un preludio de Rachmaninov donde debo admitir algo: no he entendido absolutamente nada.

En conclusión, si queremos ser un poco malos y separar el pianista de su historia: sí, parecía que faltaba preparación, parecía un concierto de un amateur de talento o con resaca (sé de lo que hablo). En una competición probablemente no pasaría las eliminatorias con una ejecución así. PERO… la historia de James Rhodes es bien real y es inseparable. Por otra parte, sabemos que James puede tocar mucho mejor: escuchad la Toccata de Ravel en Youtube, por ejemplo. ¿Tal vez fuesen los nervios a flor de piel o la fatiga… o tal vez no? ¿Pero hoy en día quién ha inspirado a tantas personas como ha hecho él? Ciertamente no los centenares de profesores de piano que muchas veces a duras penas saben tocar ellos mismos y que harían mejor en ocuparse de un herbolario. ¡Y pido disculpas a los buenos profesores! En un mundo donde incluso los jóvenes quieren ser funcionarios, esta historia es realmente inspiradora.

El concierto fue técnicamente flojo, pero hemos sentido “algo”, nos tocó “algo profundo”. Había un verdadero universo sonoro muy personal, de una increíble fragilidad. Podemos asistir a los conciertos de Perahia o Schiff, en los que no ocurre nada… nada en absoluto. Obras de artesanía perfectas, ejecución burguesa, pero nada que os conmueva, nada que os toque realmente. Richter y Gilels han dado también conciertos muy flojos y ellos no tienen un bagaje psicológico tan duro. No olvidemos que la tiranía de la perfección surgió con la aparición de los discos (y en el piano en particular con el joven Horovitz, quien obligó a Rubinstein a retrabajar su técnica). Antes de eso, llegaba a suceder que los músicos casi descifraban una obra en el escenario, pero DEBÍA llegarse a algo, tocar, conmover. Y esto sí ocurrió en el concierto de James Rhodes. Escuchad a Alfred Cortot, el maestro de la falsa nota. La mentalidad era diferente ¿quizás fuese mejor?

El 10 de marzo nosotros escuchamos una sonata de Beethoven interpretada por James Rhodes. Si no tuviese “su historia” ¿tal vez no la hubieseis escuchado nunca? La gente acusa a James Rhodes de vender su historia para ganar dinero, pero hay quienes consiguen dinero con “negocios” peores. Pero no tendréis cáncer de este último. El suyo ya casi lo ha digerido. Dejadle tocar. Gracias, James.

A %d blogueros les gusta esto: